
© Andres Escovar
Habitantes de uno de los países menos poblados del mundo: la isla de Pitcairn.
En dos islas del Océano Pacífico, Norfolk y Pitcairn, se habla el mismo idioma, pero como se hallan a 6.288 kilómetros de distancia, su evolución ha sido diferente. Un nativo de la isla de Norfolk relata las curiosas vicisitudes de esta lengua, nacida a finales del siglo XVIII, que se escindió en dos al cabo de más de setenta años de existencia.
Canción de coro infantil recopilada por un apasionado del norfolkense, el profesor Archie Bigg:
Baa baa blaek shiip
Yu gat eni wul?
En waa brada,
Thrii saek ful
Wan f’ daa gehl
En wan f’ daa mien
En wan f’ dem letl salan
Lewen daunn aa lien.
“¿Qué vamos a decir?” (Wuthing we gwen tull?). Esto fue probablemente lo primero que pensaron el capitán William Bligh y la tripulación del navío de la flota de Su Majestad Británica, el Bounty, en el momento de arribar a la bahía de Matavaii, en la isla de Tahití, el 26 de octubre de 1788.
Cuando los británicos perdieron sus colonias de América del Norte, la alimentación de los esclavos de las plantaciones de caña de azúcar de las Antillas constituyó un verdadero problema, hasta que los exploradores del Pacífico, de vuelta de sus expediciones, informaron de que en las islas de este océano había “árboles que daban pan”.
La única meta de la expedición del Bounty era recolectar especímenes de esos árboles para trasplantarlos en las Antillas. El navío tuvo que permanecer fondeado en Tahití por espacio de cinco meses. En ese casi medio año, los marineros, oriundos de condados del oeste de Inglaterra, tuvieron obviamente la ocasión de aprender lo que era menester decir (wuthing f’tull) durante las tareas de recolección con los autóctonos y los amoríos de algunos de ellos con las nativas.
Del aprendizaje del “qué vamos a decirnos unos a otros” (wuthing f’tull gwen wun nether) surgirían las lenguas que todavía se hablan hoy en las islas de Pitcairn y Norfolk.
El famoso motín del Bounty tuvo consecuencias históricas. Tras la destrucción final del barco, su cabecilla, Fletcher Christian, y ocho miembros de la tripulación, acompañados por doce mujeres y tres hombres tahitianos se asentaron en la isla de Pitcairn. Al grupo se habían sumado tres polizones, a los que Fletcher no obligó a desembarcar cuando fueron descubiertos. Probablemente, algunos de los trágicos acontecimientos sucedidos posteriormente en Pitcairn –ocasionados en parte por la escasez de mujeres– no se habrían producido si el jefe de los amotinados se hubiese deshecho de esos intrusos.
En 1831, debido a la escasez de agua y los recursos limitados de la isla de Pitcairn, el gobierno británico desplazó a todos sus habitantes a Tahití. Ese traslado fue funesto, a causa de las enfermedades que se declararon entre los desplazados y de la muerte de una parte de ellos… Pocos meses después, las familias desplazadas regresaron, enlutadas, a su tierra natal.
A finales del decenio de 1840, el gobierno británico decidió clausurar la colonia penitenciaria establecida la isla de Norfolk, situada lejos de Pitcairn, en Melanesia. Pocos años más tarde, el 8 de mayo de 1856, los 193 pitcairneses, que contaban con una legislación y lengua propias, embarcaron a bordo del Morayshire para instalarse en Norfolk, a cuyas costas arribaron justo un mes después.

Entonces empezó otra etapa de la historia de la colonia –y del idioma de los pitcairneses– que sería determinante para el modo de vida de las islas de Pitcairn y Norfolk en los 153 años siguientes.
A pesar de todo lo que les ofrecía su nueva tierra de asentamiento, 16 pitcairneses retornaron a su isla natal en 1858 y otros 27 hicieron lo mismo en 1864.
El resultado fue que la comunidad primigenia se separó, formando dos grupos que, en un principio, compartían las mismas raíces culturales y hablaban un idioma común. Ese idioma había experimentado una evolución propia a lo largo de 76 años.
La rama pitcairnesa del idioma permaneció relativamente a salvo de la influencia de presiones externas, al contrario de lo que ocurrió con la rama norfolkense.
En octubre de 1866 desembarcó en Norfolk la Misión Melanesia, que estableció su propia iglesia, construyó edificios para los misioneros y sus alumnos, e instaló varios talleres, una imprenta y un almacén. Aunque la misión permaneció al margen de la comunidad isleña, ejerció alguna influencia en ésta, ya que algunos norfolkenses se unieron a los misioneros y otros trabajaron para ellos.
Otra presión sobre el idioma fue la ejercida por los cambios introducidos en el sistema educativo. Desde el 14 de julio de 1856 –fecha de apertura de la primera escuela pública primaria con un total de 70 alumnos matriculados– la educación de los niños se consideró indispensable. En un principio, la enseñanza fue impartida por maestros nativos de la isla, asistidos por otros docentes. Por eso, el uso del norfolkense se mantuvo ampliamente generalizado.

En 1897, cuando la escuela pública de la Norfolk pasó a ser administrada por el Departamento de Educación de Nueva Gales del Sur, se recomendó que el puesto de director fuese desempeñado por un profesor debidamente formado y experimentado, enviado desde Sidney.
A principios del siglo XX, una de las cosas que más inquietaban a los directores de la escuela y los inspectores que la visitaban, era el predominio del norfolkense en el hogar familiar, el patio de recreo escolar y los diferentes actos sociales o celebraciones. Aunque el inglés no era una lengua “extranjera “, el norfolkense gozaba de un mayor predicamento entre la población y su uso estaba más extendido. De ahí que los sucesivos maestros se empeñasen en erradicar la lengua isleña para sustituirla por el “inglés de Su Majestad”.
En 1915, el director de la escuela de ese entonces tuvo la osadía de vaticinar: “No me cabe duda de que, en el espacio de unas pocas generaciones, la jerga insular habrá desaparecido por completo”.
Esto no ha ocurrido así por fortuna, aunque el reglamento de la escuela prohibía hablar norfolkense durante el horario lectivo. Así, con el correr de los años, su uso fue disminuyendo. Sin embargo, a partir de 1987 se empezó a enseñar a los escolares, recurriendo a un sistema fonético, con vistas a preservarlo para las generaciones venideras.
Esta labor de preservación del norfolkense la está llevando a cabo un grupo de apasionados por este idioma, que organizan cursillos para enseñarlo e incitan a sus hijos y nietos a hablarlo. La publicación de los dos siguientes libros ha venido a apoyar esta labor: “Speak Norfolk Today” [Hablar norfolkense hoy] de Alice Inez Buffett, galardonada con la Orden del Mérito de Australia (OAM), y “A Dictionary of Norfolk Words and Usages” [Diccionario de términos y usos del norfolkense] de Beryl Nobbs Palmer, que ha sido editado por el Norfolk Island Sunshine Club. Cabe señalar también que el profesor Peter Mulhauser, de la Facultad de Lingüística de la Universidad de Adelaida (Australia), es también un defensor inquebrantable de esta lengua.
Aunque el norfolkense se halle en peligro, no me cabe duda de que sus 658 hablantes –entre los cuales me cuento– tienen tal pasión por su idioma que nunca permitirán que se extinga.
Tom Lloyd, periodista australiano, nativo de la isla de Norfolk.
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Foto 2 : © Ard Hesselink
El único objetivo de la expedición del Bounty era recoger frutos de estos árboles para transportarlos hasta las Antillas.
Foto 3 - Fotografía reproducida con el amable permiso de Gae Evans
Curso de lengua norfolk junto a una placa conmemorativa de la primera vez que se estableció una colonia, en 1788.