
© UNESCO/Juana Ghersa
Poemas expuestos en el festival "Yo no fui".
La poeta argentina María Medrano anima desde hace cinco años talleres de poesía en un penal femenino. Todo un espacio de libertad para las reclusas.
Hoy por hoy
Por Miriam L. P.
Vivo en un lugar oscuro,
Vacío, con nuevas experiencias.
De repente entre tantas rejas
Ruidos de puertas
Que se cierran detrás de mí.
Gritos, piques sonando
Encuentro una hoja blanca
Un lápiz que me acompañan
Me hacen traspasar los muros
Que me separan del mundo
Se termina la hoja
Vuelvo a la cruel realidad
Mi cuerpo no es libre
Pero mi mente sí lo está
Usa las gafas negras como vincha, y, sosteniendo en la mano un megáfono de hojalata, inaugura la jornada con estas palabras: “Amistad es una palabra sagrada. Nunca se da sino entre gente de bien. No puede haber amistad donde existe la crueldad, la deslealtad, la injusticia”. Silvia Elena Machado está leyendo de uno de los afiches que una pequeña editorial independiente, Superabundans Haut, pegó sobre las paredes rosadas del salón de usos múltiples de la Unidad 31 del penal de mujeres de Ezeiza, en la periferia de Buenos Aires. Cada viernes, desde hace cinco años, se celebra allí un taller de poesía al que acuden entre diez y quince reclusas. Hoy es día de fiesta, pues se celebra el 2º Festival de Poesía en la Cárcel “Yo no fui”.
Un remolino de personas sigue a Silvia Elena por el salón de usos múltiples de la Unidad 31 de Ezeiza. Su voz sigue el texto del Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie: “Los malvados no se quieren entre sí, sino que se temen. No son amigos, sino cómplices.” El megáfono pasa de mano en mano, y a Silvia Elena, que regresa a la cárcel por primera vez después de diez meses de haber quedado en libertad (y que junto a otras compañeras en libertad participa de la continuidad del taller en una asamblea barrial), le sigue Laura Ross, una “interna femenina” sin fecha de salida al mundo: “Decidíos a dejar de estar sometidos...”. Otras internas, otras voces, leen con dificultad, con timidez, con palmadas en la espalda de sus compañeras. Al terminar, suenan los aplausos. Afuera es un día de sol, pero las guardiacárceles no tienen autorización para abrir la puerta al pequeño patio.

Poema de Liz M.
Lo amo como al cáncer que come mi carne
Lo odio igual que al aire que respiro
Lo deseo tanto como a la muerte
Lo rechazo igual que a la felicidad
Dónde estás
Quiero verte
Decir nunca te amé
No te deseé
Jamás te necesité
Sólo una vez más
Mirarme en tus ojos
Acariciar tu cuerpo
Susurrarte al oído adiós
“Yo no fui” es la frase favorita de Bart Simpson [el niño de 10 años que protagoniza la serie de dibujos animados Los Simpson] que las participantes del taller eligieron hace dos años para bautizar el primer festival y la primera antología poética producida allí. En el libro, María Medrano, la poeta que una vez por semana, junto con otra poeta, Claudia Prado, traspasa las rejas de la cárcel de Ezeiza llevando libros, consignas y textos para compartir que puedan despertar otras palabras, escribe: “La mayoría de las mujeres que participan jamás habían tenido contacto con este género. Algunas decidieron anotarse para ‘matar el tiempo’; otras, para ver de qué se trataba.
Pero lo cierto es que, poco a poco, el taller se fue transformando en un espacio vital (...) Ellas no quieren hacer poesía tumbera (N. de R.: ‘tumbera’ es el modo de designar lo propio del ámbito carcelario en Argentina; así, la ‘tumba’ es la cárcel), porque para ellas, ese lenguaje forma parte del proceso de despersonalización que sufren: cuando se entra a un penal se deja de ser persona para pasar a ser ‘paquete’ (con las llaman las guardiacárceles), se recibe un rebautizo, un apodo tumbero, y el lenguaje cotidiano va mutando en lenguaje carcelario".
Aquí, la poesía se convierte en espacio de resistencia dentro del encierro, aun cuando para el sistema penitenciario forme parte de los talleres culturales, es decir, “no productivos”: no generan dinero como sí lo hacen el de panadería o el de confección de juguetes de peluche (a cambio de participar allí, las presas reciben un pequeño salario que pueden utilizar para ellas mismas o destinar a sus familias).

San Isidro
Por Silvia Elena Machado
San Isidro
el cruce
corredor largo
no lineal
rejas
no paredes
anónima transitándolo
casi muda la masa
me integro caminando lento
llegando a la salida
apuran el paso
voy quedando atrás
busco controles
no hay
quedé última
sola ante la puerta de rejas
no sé si es tan pesada
me cuesta empujarla
hacerla girar
chirría
así sin más
paseando
olvidarme del desierto de muertos
por los controles del ingreso
Olvidarme
así sin más
desandando pasos
Tijuana
Dos años atrás, cuando leyó sus textos en el Primer Festival, Liz, la muchacha negra de trencitas que caen como cascada sobre la frente, estaba embarazada. Ahora, ve correr a su hijo, Jehová, entre las poetas de la cárcel, las y los poetas de renombre venidos de afuera, los periodistas, las visitas, mientras ella espera su turno para compartir lo que escribe. Dice: “voy a leer algo que me gusta mucho, espero que a ustedes también les guste... ‘Lo amo como al cáncer que come mi carne...’”*
Una muchacha rubia, con un embarazo avanzadísimo, ruega a fotógrafa llegada a presenciar el Festival, que le tome un retrato: quiere enviarlo a su novio, que está afuera, y no siempre puede visitarla. Quiere, además, aprovechar que la cámara es digital para verse, porque en la cárcel no hay espejos.
Por las ventanas, altísimas, se ven aviones: el aeropuerto está a pocos kilómetros, y también por eso a esta Unidad son derivadas mujeres acusadas de narcotráfico en pequeña o mediana escala. Ellas son “mulas”, personas en tránsito hacia otros países a quienes los controles aduaneros descubrieron droga entre el equipaje.
Algunas están a la espera del juicio, es decir, sin condena, otras cumplen sentencias que no comprenden, ya que son muchas las que aprenden a hablar español dentro de la cárcel. Dentro de esta pequeña Babel también han encontrado una manera de integrarse al taller de poesía. En una de las seis mesas del encuentro se escuchan palabras en polaco, en alemán, en rumano: un día María Medrano comenzó a llegar al taller con textos de poetas que escriben en la lengua materna de estas mujeres; traer esos textos al festival, leerlos en el idioma original y traducirlos para compartirlos con compañeras y visitas fue idea de las talleristas.
Carmen, una rumana de 52 años rubia, de voz orgullosa y dulce, recuerda que cuando Medrano llevó un CD con esos textos lloró. “Después empecé a traducir para hacer entender qué decía. Y hoy quería cantarlo, pero estaba tan emocionada que no me animé.” No la traicionaron los nervios de hablar en público, sino el recuerdo de su madre, que murió en Rumania hace una semana. En febrero, Carmen será deportada, la salida habitual para las mujeres acusadas de narcotráfico.
Soledad Vallejos, periodista de "Página 12", Argentina.
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Imagen 2: © UNESCO/Juana Ghersa
El festival empieza con una performance.
Imagen 3: © UNESCO/Juana Ghersa
Los manuscritos salen de la cárcel, ellas no.