UNESCO: United Nations Educational Scientific and Cultural Organization

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Número especial

Los inuit, testigos de excepción del cambio climático
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Peter Paneak, Clyde River, Nunavut.
© Shari Gearheard, Nunavut
En el Ártico, los inuit son los primeros en observar los efectos del calentamiento del planeta.
Cuando era niña, Shari Fox Gearheard solía excavar agujeros en la nieve para dormir cerca de su casa de Ontario (Canadá). Recuerda que eran refugios de “tranquilidad absoluta”. Ahora, algunos decenios después, vive entre los inuit de la tribu nunavut que pueblan la zona de Clyde River, en la costa oriental de la isla de Baffi n (Canadá). Como investigadora de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, con sede en la Universidad de Harvard, se dedica a recoger las observaciones de los inuit sobre los cambios climáticos, documentando así los conocimientos de esta población autóctona. Este tipo de tarea es una de las previstas por los programas LINKS y MOST de la UNESCO, dedicados a la promoción de los conocimientos de las poblaciones indígenas.

Un día, un anciano dijo a Shari Fox que el tiempo se había vuelto uggianaqtuq, o sea como “un amigo de toda la vida que empieza a ponerse raro”. Hace 50 años, en invierno, una tempestad de nieve duraba cuatro o cinco días, y luego volvía el buen tiempo. Ahora, las tormentas sobrevienen inesperadamente y con mayor frecuencia. Por eso los inuit no saben cuándo pueden salir de caza sin riesgo. “Algunos hombres de mi tribu han muerto por culpa de una tempestad repentina”, dice Norman Attungala, un anciano que vive a orillas del lago Baker, a cientos de kilómetros de la costa.

Además, los cambios en la circulación de los vientos han aumentado los peligros de la caza. “Con el viento, la nieve se endurece tanto que es imposible construir un iglú o un refugio”, señala Shari Fox. Cuando hace mal tiempo, las motonieves que usan hoy la mayoría de los cazadores ofrecen menos seguridad que los trineos. Para Th omas Qaqimat, un habitante de la región del lago Baker, “con los perros uno siempre está seguro de poder volver al campamento, aunque sea de noche y en plena tempestad”.

Según Shari Fox, las observaciones de los inuit pueden complementar los conocimientos científicos, y viceversa. “A medida que la teledetección y los modelos climáticos y meteorológicos se van perfeccionando –agrega– los inuit deben cooperar con los científicos. No obstante, esa cooperación tiene sus límites, ya que “la ciencia divide todo en categorías –temperatura, presión, viento, espesor de la nieve, etc.– mientras para los inuit todos esos aspectos forman un conjunto único”.

Saberes complementarios

Las contradicciones entre las observaciones de los autóctonos y los descubrimientos de la ciencia son interesantes. Por ejemplo, los inuit creen que los aniuvat –masas de nieves perpetuas– han existido siempre. Sin embargo, los análisis de los líquenes de las rocas muestran que, en tiempos que escapan a la memoria colectiva indígena, los aniuvat no existían. Así, el derretimiento de esos bloques de hielo “puede que no sea un síntoma de calentamiento del planeta, sino el indicio de un retorno a su temperatura normal”, dice la investigadora.

Quizás los inuit no sepan que la temperatura del permafrost (suelo permanentemente helado) ha aumentado dos grados en los últimos decenios, pero sí ven que los ríos y lagos se secan y que los caminos, árboles y casas se inclinan y desploman porque el deshielo ha hecho poroso el suelo. Ahora, pueden llegar a pie en verano a una isla del lago Baker a la que antes debían ir en canoa.

Las poblaciones indígenas de América del Norte se están agrupando para compartir sus experiencias como lo muestra el proyecto de colaboración entre los inuit de Clyde River (Canadá) y los iñupiat de Barrow (Alaska). Han creado incluso un grupo de presión para demandar ante los tribunales al gobierno de Estados Unidos, al que acusan de destruir su modo de vida por permitir la contaminación, no reducir las emisiones de gases de invernadero y negarse a firmar el Protocolo de Kyoto.

Deshielo: ¿abundancia o catástrofes?

  • En los últimos decenios, la temperatura media en la región ártica ha aumentado dos veces más que en el resto del mundo, según un voluminoso estudio de 1.400 páginas realizado por 250 científicos en 2004.

  • La capa de nieve ha disminuido 10% en treinta años y se prevé que de aquí a 2070 se reducirá entre 10% y 20% más. La superficie del banco de hielo marino ha disminuido entre 5% y 10%, y su espesor entre 10% y 15%. El estudio prevé además que la regresión aumentará entre 10% y 50% de aquí a 2100.

  • El calentamiento del planeta pone en peligro el modo de vida ancestral de los pueblos indígenas del ártico, que suman 400.000 personas en ocho países. Los autores del estudio afi rman, no obstante, que también se pueden dar repercusiones beneficiosas, por lo menos a corto plazo. En efecto, el deshielo del permafrost podría facilitar la progresión de los bosques hacia el norte, creándose así nuevas fuentes de ingresos y empleos. Además, los bosques son “pozos” de captura del carbono. Los peces de agua dulce y las bayas proliferarían y la agricultura podría desarrollarse en las nuevas tierras desheladas. Asimismo, podrían abrirse nuevas rutas de navegación, la extracción de petróleo y gas se vería facilitada y podrían formarse nuevos bancos de pesca.

  • Según los expertos, los efectos de los cambios climáticos no se limitarán al Ártico, sino que pueden llegar a inundar las costas de Bangladesh o Florida.

  • Véase también:
    Autor (es): 
    Peter Coles
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