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Capturar el Carbono

El índice de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera ha aumentado sin cesar desde los inicios de la era industrial. Como es uno de los gases con efecto de invernadero más importantes, el carbono atmosférico es el principal factor del calentamiento del clima. El Protocolo de Kyoto y otras iniciativas recientes tratan de desacelerar ese calentamiento, y en especial se han fijado el objetivo de que la industria y los automóviles disminuyan sus emisiones de CO2.


Algunos se preguntan si no se podría almacenar el CO2 durante unos siglos hasta que se encontrara una solución. En efecto, las nuevas tecnologías permiten “captar” el excedente de carbono de la atmósfera y almacenarlo en depósitos geológicos, e incluso quizás en el fondo del mar. ¿Se podría así aprovechar el tiempo ganado para utilizar fuentes energéticas más limpias, o dejaríamos a las generaciones venideras una bomba de explosión retardada con ese almacenamiento? Los científicos todavía no están en condiciones de decir qué repercusiones tendrá la captura del carbono en el medio ambiente. Entre tanto, han surgido debates apasionados sobre este tema, habida cuenta de que están en juego intereses políticos y económicos considerables.
La Comisión Oceanográfica Internacional (COI) de la UNESCO y el Comité Científico de Investigaciones Oceánicas (SCOR) han creado un Grupo consultivo sobre el dióxido de carbono para que los encargados de adoptar decisiones y el público en general dispongan de una información objetiva sobre el estado de los trabajos de investigación relativos a la captura del carbono oceánico. Para marzo de 2004 está previsto celebrar una conferencia sobre el tema “El océano en un mundo con elevado índice de carbono”, a fin de poner en común lo conocimientos más exactos sobre esta cuestión y determinar si el carbono va a afectar – y en qué grado – a los océanos, la vida marina y los arrecifes coralinos.
En esta entrevista, Patricio Bernal, Secretario Ejecutivo de la Comisión Oceanográfica Internacional (COI) de la UNESCO, aborda todas estas cuestiones.

¿Está probada la existencia de un nexo entre el clima y el carbono?
Por los datos que suministran los glaciares sabemos que el contenido de carbono de la atmósfera y el clima guardan una correlación. Hace 50.000 años, a principios de la última era glaciar, el índice de CO2 en la atmósfera era escaso. Hoy en día, el clima está atravesando por un periodo naturalmente más cálido y este factor, unido a la combustión de las materias fósiles y la biomasa y a la evolución en el uso de las tierras, ha provocado una concentración de CO2 en la atmósfera a un nivel sin precedentes. Los índices de presencia del carbono son los más altos que nuestro planeta haya registrado desde hace 20 millones de años como mínimo.1 Las actividades humanas desprenden unas 7 gigatoneladas anuales de carbono que van a parar a la atmósfera. Este exceso de carbono no va a desaparecer rápidamente. Aunque todos los países del mundo aplicasen el Protocolo de Kyoto, que les exige reducir de aquí al año 2002 sus emisiones de carbono a un nivel inferior al de 1990, el problema del exceso actual seguiría sin resolverse, si bien es cierto que limitaría la futura acumulación de CO2 y representaría por lo tanto un logro importante.

¿Qué significa todo esto?
Esto significa que es posible que aumenten los riesgos de que se produzcan huracanes, inundaciones, sequías y otros trastornos climáticos, unidos a una elevación del nivel del mar y un deshielo de los glaciares y del permafrost, que son los que almacenan los dos tercios de reservas de agua dulce de la Tierra. Los científicos tropiezan actualmente con dificultades para efectuar una distinción entre las consecuencias de los trastornos cíclicos naturales, por ejemplo los provocados por la oscilación de los fenómenos de El Niño y La Niña, y los efectos de las perturbaciones causadas por el calentamiento del planeta.

¿Para qué almacenar el carbono en los océanos?
Ante la cruda realidad actual, el propio Grupo Intergubernamental de Expertos sobre los Cambios Climáticos ha admitido que quizás se debería contemplar la posibilidad de establecer lo que él mismo denomina “estrategias de gestión del carbono”, a fin de coadyuvar a la reducción de las emisiones de gases de invernadero. Una de las posibilidades consiste en almacenar el carbono excedente en tierra, una práctica que ya se aplica en capas geológicas profundas, minas abandonadas y otros sitios semejantes.

No obstante, son los océanos los que poseen la mayor capacidad natural para absorber y almacenar el carbono. Sobre un base anual, la superficie de los océanos absorbe 30% aproximadamente del carbono presente en la atmósfera, y un poco menos los años en que se produce El Niño. Pero a escalas de tiempo de gran amplitud (miles de años), 85% del carbono de la atmósfera lo absorben los océanos. Se ha calculado que el océano contiene 40.000 millones de toneladas de carbono, mientras que la atmósfera contiene 750 mil millones y las tierras 2.200. Esto significa que si todo el CO2 de la atmósfera se almacenase en las capas más profundas del océano, la concentración de este elemento en los mares aumentaría en un 2% como mínimo.

Algunos experimentos han demostrado que, hasta los 3.000 metros de profundidad, el CO2 líquido tiene tendencia a subir a la superficie del mar por ser menos denso que el agua circundante. En cambio, a los 3.000 metros se convierte en una sustancia sólida parecida al hielo y más densa que el agua que lo rodea. De ahí que uno de los métodos contemplados consista en inyectar CO2 líquido en los fondos marinos. Otro método consistiría en almacenarlo en el fondo de los pozos de petróleo ya explotados.

El problema estriba en que las abundantes teorías al respecto – comprendida la que afirma que el CO2 almacenado a 3.000 metros de profundidad volvería a la superficie al cabo de 200 años – sólo son meras hipótesis por ahora. Ignoramos por completo cuales serían las consecuencias a largo plazo. A la COI lo que le interesa sobre todo es velar por que al público en general y a los encargados de elaborar políticas se les presenten datos científicos sólidos y objetivos, a fin de que estas cuestiones se puedan tratar como es debido cuando llegue el momento de tomar decisiones.

A los científicos una de las cosas que más les preocupa es qué va a ocurrir en la naturaleza si no se hace nada para reducir la cantidad de CO2 en la atmósfera. En efecto, el pH de la capa
superficial del océano disminuirá y el agua se acidificará. Esto alterará la composición química de esa capa, que alberga la mayoría de los organismos vivos marinos. No sabemos todavía a ciencia cierta cómo va a reaccionar el ecosistema ante esta lenta invasión natural del CO2. Esta incertidumbre ha inducido a algunos científicos a sugerir que quizás fuese menos perjudicial extraer el CO2 de la atmósfera e inyectarlo directamente en las capas profundas del océano, donde sólo vive una cantidad exigua de organismos marinos. El problema estriba en que a estos organismos de las profundidades oceánicas les afectaría gravemente la rápida modificación de su entorno, habida cuenta de que su lento metabolismo no les permitiría adaptarse con facilidad al cambio producido.

A este respecto, cabe preguntarse qué repercusión tendría en la atmósfera si – dentro de 100 o 200 años – el CO2 enterrado en las profundidades marinas empezara a escaparse lentamente hacia la superficie de los océanos en una primera etapa, y después hacia la atmósfera.

¿Qué otras perspectivas hay?
La fertilización de los océanos con hierro, por ejemplo. En muchas zonas del mar, el crecimiento del fitoplancton se ve limitado por la escasez de un oligoelemento esencial: el hierro. Algunas empresas privadas tratan de acelerar el ritmo de crecimiento del fitoplancton para que sea 30 veces más rápido de lo normal y crear así lo que podríamos llamar “pozos de carbono” oceánicos, según un principio muy similar al aplicado en los bosques que se trata de convertir en “pozos de carbono” terrestres. Esta idea no es nueva. En 1970, el oceanógrafo John Martin se hizo célebre con aquella frase de “denme una tonelada de hierro y provocaré el advenimiento de la próxima era glaciar”.

El hierro se halla presente en el polvo que circula en la atmósfera, sobre todo cuando las condiciones climáticas son secas y áridas. Por eso, no es sorprendente que algunos desiertos como el Sahara y el Sahel concentren la mayor cantidad de este polvo, que los vientos dominantes trasladan por encima del Atlántico hasta el Caribe y el nordeste de América Latina.

Los científicos estiman que con el enriquecimiento de la totalidad del Océano Austral con hierro sólo se conseguiría disminuir entre un 20% y un 30 % el índice del CO2 en la atmósfera a lo largo de un siglo. Además, esto tendría graves repercusiones porque acarrearía trastornos ecológicos considerables. En efecto, los organismos muertos consumen oxígeno al descomponerse. Si se multiplica artificialmente su descomposición, se corre el riesgo de disminuir el índice de oxígeno del océano, lo cual puede causar estragos entre los seres vivos marinos.

¿Es conforme a la ética proseguir los trabajos de investigación en un ámbito que es objeto de tantas controversias?
El mejor argumento contra el almacenamiento de carbón en el océano consistiría en demostrar que es nocivo para el medio ambiente. Sin embargo, no debemos pecar de ingenuos creyendo que esta demostración bastaría por sí sola. El comercio del carbono es un negocio rentable y a muchos negociantes potenciales lo único que les frena para almacenar carbono en el océano el día de mañana es el costo elevado de la tecnología que esto necesita.

¿Qué piensa usted de la acción realizada por Greenpeace el pasado mes de agosto, cuando impidió la realización de un estudio de impacto ecológico en las aguas jurisdiccionales de Noruega?
Fue desacertada, a mi parecer. Yo comparto con Greenpeace su preocupación por la nocividad que una gran concentración de CO2 en el océano podrá tener para los organismos que viven a grandes profundidades(2). En efecto, hoy en día, no sabemos todavía cuáles serían, en última instancia, las consecuencias de una lenta invasión del CO2 en la composición del ecosistema y en la cadena alimentaria.

Sin embargo, Greenpeace actuó en detrimento de sus propios intereses al impedir que un consorcio de institutos de investigación de Noruega, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón efectuasen una evaluación que podría haber confirmado la tesis de esta organización ecológica.

Es necesario que el debate sobre esta cuestión sea público. Al fin y al cabo, es la sociedad quien tiene que decidir si se ha de recurrir o no al almacenamiento de carbono en el océano.

El gobierno noruego ha pedido que se debata más a fondo en el plano internacional la cuestión del almacenamiento de carbono en el océano. Esto es lo que están tratando de hacer los Estados Miembros de la COI con la aportación de datos al llamado “informe de observación”, que se ha establecido para que los gobiernos, la industria y el público en general tengan acceso a una información objetiva. Con la publicación de este informe en Internet (3) y el desempeño de su papel de observador y participante en la labor de investigación, la COI está cumpliendo las funciones de asesoramiento y sensibilización que le corresponden en este ámbito.


El gobierno noruego se ha plegado a la presión de los ecologistas por temor a infringir el derecho del mar internacional. ¿Esto quiere decir que el CO2 se considera contaminante?
Según la Oficina del Convenio de Londres (4), no hay unanimidad sobre la cuestión de catalogar como desecho industrial el CO2 procedente de combustibles fósiles. Nos hallamos ante un vacío jurídico, ya que los distintos tratados y convenios que regulan los vertidos de residuos en el océano solamente se refieren a los “desechos industriales”. Esta cuestión deberían examinarla los órganos del Convenio de Londres de 1972 sobre la Prevención de la Contaminación del Mar por Vertimiento de Desechos y otras Materias.

En el “informe de observación” de la COI se suministra documentación sobre los aspectos jurídicos del almacenamiento del carbono. Los instrumentos jurídicos existentes al respecto son muy numerosos – Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, Protocolo de Kyoto, etc. – pero el problema estriba en que todos estos tratados intergubernamentales carecen de fuerza de ley. El Grupo Científico del Convenio de Londres acaba de elaborar un Marco de Evaluación de Desechos que exigiría la realización de un estudio completo de las consecuencias ecológicas antes de extender un permiso para el vertimiento de CO2 en los océanos. Esto es un paso adelante, aunque insuficiente, hacia el buen camino.

A falta de un instrumento jurídico coactivo, ¿no se corre peligro de que la licencia para almacenar carbono en los océanos se considere un permiso de contaminación?

Sí, hay un riesgo efectivo de que esto, en vez de hacernos más responsables, aumente nuestra irresponsabilidad. Deberíamos orientarnos con mayor rapidez hacia la utilización de combustibles más limpios. Todos sabemos que de aquí a unos decenios los combustibles fósiles empezarán a agotarse y tendremos que recurrir a fuentes de energía alternativas. Los Estados Unidos, por ejemplo, dependen en un 85% de los combustibles fósiles para cubrir sus necesidades energéticas, que aumentan sin cesar cada año. A pesar de lo apremiante de la situación, en la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible celebrada en Johannesburgo el pasado mes de septiembre, los gobiernos se negaron una vez más a aceptar el objetivo que se les propuso: atribuir el 10% del mercado a las energías renovables.

La industria ha efectuado inversiones considerables en la búsqueda de fuentes alternativas de energía. En la cumbre de Johannesburgo se expusieron algunos modelos de automóviles BMW con motores de hidrógeno. El problema estriba en que la industria no recibe el suficiente apoyo de los gobiernos para invertir en energías renovables, pese a lo caro que resulta financiar la transición del automóvil con motor de gasolina a un tipo de vehículo “limpio”. Los gobiernos deberían recurrir a incentivos económicos como las reducciones de impuestos e invertir en las infraestructuras necesarias. El problema no es de índole tecnológica, sino política. En efecto, hace ya decenios que se fabrican prototipos de automóviles que funcionan con gas de petróleo líquido, gas natural comprimido, hidrógeno (o sea, vapor de agua) y otros combustibles.

¿Hay motivos para sentirse optimistas?
A lo largo de los siglos nos hemos ido forjando un mundo artificial hasta el extremo de que, hoy en día, el 60 % del paisaje natural es obra del ser humano. Éste siempre ha intentado construir un mundo nuevo, en vez de respetar los límites del universo existente.

Con respecto al almacenamiento del carbono tenemos que guardarnos de la tentación de adoptar los mismos reflejos de compartimentación que nos llevaron a situaciones catastróficas en el pasado. Tomemos el ejemplo del DDT. En 1948 se galardonó a Paul Muller con el Premio Nóbel de Medicina y Fisiología por haber descubierto la eficacia de este insecticida contra los mosquitos, especialmente los transmisores el paludismo. Solamente después de que el DDT se empezara a utilizar masivamente, se pudo comprobar que muchas especies de insectos se habían vuelto resistentes a este insecticida, cuyo grado de toxicidad para los peces y otros animales ha resultado ser, además, sumamente elevado. Como consecuencia de todo ello, el DDT se ha prohibido en muchos países.

En vez de contemplar nuestro planeta como un conjunto de sistemas interdependientes, caemos siempre en la tentación de resolver los problemas complejos con soluciones simplistas. Olvidamos que la atmósfera, la tierra y el océano son los tres lados de un mismo triángulo y que lo que hacemos en uno de ellos afecta a los dos restantes. Creo que estamos empezando a hacer progresos – por ejemplo, la física, la química y la biología empiezan a integrarse en un modelo conceptual único para tratar los procesos planetarios – pero el camino que queda por recorrer es largo.

Con respecto al “secuestro del carbono”, hay que andarse con pies de plomo y tomarse el tiempo necesario para comprobar que nuestros conocimientos científicos son correctos. A medida que la tecnología progresa, es más difícil enmendar las consecuencias de nuestros actos, e incluso preverlas.




(1) En la era preindustrial, las concentraciones de carbono en la atmósfera oscilaban, según ciclos de unos 100.000 años, entre 180 ppmv (periodos glaciares) y 280 ppmv (periodos interglaciares). Actualmente se alcanza la cifra sin precedentes de 370 ppmv.
(2) Consúltese, por ejemplo: http://archive.greenpeace.org/politics/co2/co2dump.pdf
(3) http://ioc.unesco.org/iocweb/co2panel/sequestration.htm
(4) Convenio de Londres de 1972 sobre la prevención de la contaminación del mar por vertimiento de desechos y otras materias y Protocolo de 1996.

Esta entrevista, realizada por Maria Hood y Susan Schneegans, se publicó por primera vez en el boletín científico de la UNESCO A World of Science (vol. 1, N° 2, enero-marzo de 2003).
Se puede consultar también en: http://www.unesco.org/science/


 
Autor(es) UNESCOPRESS
Fuente Artículo nº 2, febrero de 2003
Contacto editorial: Peter Coles: Oficina de Información Pública Sección Editorial. Teléfono: +33 (0)1 45 68 17 10
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Fecha de publicación 12 Mar 2003
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